miércoles, 7 de agosto de 2013

7 pecados de los mozos a la hora de servir un vino

Hay mozos que no tienen idea de cómo tratar a un cliente que le gusta el vino y por eso incurren en todo tipo de torpezas. Estos son los siete peores pecados que puede comenter uno a la hora de las botellas.    
         


La idea de los pecados capitales es fuerte. Se trata de las siete peores bajezas en materia de faltas a las que podemos sucumbir los mortales. De la gula a la avaricia, cada uno marca una debilidad humana a la que hay que evitar precipitarse.
Y si bien no son capitales, en el caso del vino existen pecados sistemáticos vinculados al servicio. Es verdad, ningún mozo irá al averno por cometer alguna de estos deslices, pero sí puede conseguir que un almuerzo o una cena pase de ser algo grato a un pequeño infierno sobre el mantel. Para evitarlo es mejor conocer los siete pecados en los que incurren los mozos a la hora de servir un buen vino.

Vende y no sugiere. Lo más frecuente es que el comensal no conozca al detalle la carta de vinos. De ahí que los mozos con cancha siempre ofrecen un menú de soluciones sencillas a la hora del pedido. En cualquier caso, es fácil que esas soluciones se transformen en pesadillas si la avaricia del mozo le hace recomendar solamente las botellas por las que recibe una propina con el conteo de corchos. Y así, se llega a dar el caso de que incluso los acuerdos con la comida se van al traste si el tipo piensa más en vender que en servir.

Trae la botella destapada. Esto además de considerarse un pecado puede encuadrase en el derecho penal: en el peor de los casos, permite al consumidor sospechar que la botella no contiene el vino que pidió, sino otro, y que en el fondo lo están estafando. Es frecuente en mozos poco experimentados, que por miedo a pifiarla con el sacacorchos, empiezan en la cocina el descorchado, lejos del cliente para que no se vea que es torpe o no sabe hacerlo. Si este fuera el caso, estás en pleno derecho de exigir la apertura de una nueva botella delante tuyo.

No muestra la etiqueta. Pecado menor entre los pecados posibles, el mozo que llega a la mesa y no presenta el vino para que quien lo haya elegido certifique que se trata exactamente del vino encargado, merece ser condenado al purgatorio o al menos a las puertas del infierno por piola. Ya que puede pasar que sea una botella equivocada o malintencionada (uno pidió nivel varietal y descorchan reserva, cargando la cuenta) y después viene la trifulca. En eso, siempre es mejor que el consumidor diga que es el vino que pidió. Ya que una vez abierto, no habrá discusión posible.

No pregunta quién prueba. Una vez abierta la botella hay mozos que se forman junto a la mesa y, cordialmente, preguntan quien probará el vino. Pero hay otros que asumen desde el vamos que el responsable de probarlo es el hombre. Ahí incurren en un pecado de discriminación del cual el INADI tendrá algo para decir. ¿Y si el tipo no sabe o no quiere? ¿Y si en la mesa hay una mujer conocedora de vinos o sencillamente una mujer a la que le gusta ocupar ella el lugar de catadora? Por no preguntar se mete en un brete y le puede complicar la digestión al resto. Eso, si no mencionamos uno peor, que es no darlo a probar a nadie y servirlo derecho viejo en las copas y a otra cosa con las dudas.

Discute con el cliente la calidad del vino. Si bien es cierto que son pocos los que saben cuándo un vino está en mal estado, es frecuente que un mozo se empecine en no reconocerlo y discuta con el cliente. Este es un pecado de vanidad, que en el caso del mozo es doble, porque el cliente siempre tiene la razón (aunque no la tenga). Es mejor cambiar el vino que enfrascarse en una discusión que acabe con la comida atorada. Como consumidores debemos exigir que así sea.

Sirve las copas hasta enrasarlas. Pecado estético y funcional, es un pecado al fin que raya la grosería. No todos los mozos saben que el vino se sirve hasta el ecuador de una copa. Y esto es el punto más ancho de su cáliz. Por arriba, falla en oxigenar el vino. Por abajo, no cubre ni las muelas. Entre ambas, siempre es peor el exceso que desluce las copas y complica beberlas.

No trae copa para el agua. Para muchos mozos el agua y el vino se mezclan. O al menos uno debe presumirlo de ver que no traen otro recipiente para beber agua, una vez que sirvieron el vino en las copas, pero bien que suman a la cuenta una o dos botellitas con y sin gas por mesa. Entre los pecados posibles es el más fácil de solucionar –basta con pedir las copas y punto- pero es un descuido fulero que a la hora del juicio final amerita por lo menos una larga temporada de purgatorio.

De Yapa, otro pecado: Las copas limpias. Sucede incluso en algunos lugares de categoría, que en un día de calor uno pide un espumante y en el balde, junto con el hielo, vienen sumergidas y refrescadas las copas. Una gentileza de los mozos, hay que decir, que en manos de un bromatólogo incluso miope es ya una flagrante contaminación. ¿De dónde salió el agua? ¿En qué cabeza cabe enfriar las copas así, que se contaminan con vaya uno a saber qué microbios? En fin, un pecado bienintencionado, que amerita al menos la devolución de las copas.

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